Sonidos

Pasan sonidos entre las casas altas, sonidos que se ahuecan en la oscuridad como un golpe sobre un jarrón chino. Una gran mano negra los aprieta hasta que mueren asfixiados, el silencio los engulle y la memoria de los sonidos se deshace como las alas secas de una mariposa. Los pensamientos caen en el agua del silencio, piedras que caen en un aljibe, se expanden ondas que apenas mueven el terciopelo de la noche, la horripilante suavidad con que son degollados dentro del silencio.

Una serpiente larga

Una serpiente larga a lo largo de una ciudad sucia a la orilla de un río sucio. Los ciudadanos le temían en las noches de invierno. En los cafés los hombres descuidaban por unos minutos el partido de fútbol en la televisión y se acercaban a la ventana para verla pasar. La serpiente reptaba en silencio a lo largo de las calles.

Impregnado

El tiempo se detuvo en tu olor. A donde iba lo llevaba conmigo, y al respirar, respiraba tu cuerpo. Era como el olor de una casa silenciosa en donde había sido feliz en otra vida, cuando yo era un perro que se acurrucaba junto al fuego mientras una mujer alegre calentaba la leche.

Oh campos ciudadanos

Oh campos ciudadanos donde crecen y se reproducen mil bolsas de polietileno de variados colores, oh pájaros mecánicos del cielo que anuncian los domingos las funciones de teatro, oh heraldos del comercio: altoparlantes entusiastas que recorren los barrios con su música alegre y sus consejos, oh perros de las casas que en las noches serenas ladran celosamente a las estrellas, oh perros incesantes de las calles que guardan las veredas, oh perros de colores que comen la basura, oh pandillas de perros liberados, oh radios a todo volumen con que humildes vecinos comparten sus programas con los otros vecinos, oh avenidas de zonas comerciales, oh intrépidos ases del volante eternamente jóvenes cuyas máquinas prolongan la potencia de sus genitales, oh autobuses musicales cuyos altoparlantes entretienen nuestros viajes, oh arroyos ciudadanos que arrastran las ofrendas populares, oh silencio, oh amor al prójimo.

La ciudad


Tan poco orgullosa de sí misma, la ciudad es como un loco que se araña la cara en una noche de verano. Si uno camina a lo largo de una calle ve cómo las casas hacen un esfuerzo por morirse, por envejecer rápidamente y cubrirse de polvo, por llenarse de arrugas y cantar canciones monótonas cuando sus habitantes miran un clásico de fútbol a todo volumen en la televisión. Y la ciudad se esfuerza por arrastrar sus niños al interior de sus escombros, la ciudad envuelve al tiempo en la ceguera de sus maldiciones mientras la gente ceba mate, ve el fútbol, come asado.